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Nombre:

Tombuctú

Otro:

Tipo: Monumentos

Categoría:

Foto:

Voto:

Ratio 1/5 (2 Votos)

Continente: África

País: Malí

Ciudad:

Año: 1324

Localización:
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Estado: Terminado

Descripción:The word “Timbuktu” (or Timbuctoo or Tombouctou) is used in several languages to represent a far-away place but Timbuktu is an actual city in the African country of Mali.

It is located near the edge the Niger River during the rainy season (but about 8 miles from the river during much of the year), Timbuktu was founded by nomads in the twelfth century and it rapidly became a major trading depot for the caravans of the Sahara Desert.Home of the prestigious Koranic Sankore University and other madrasas, Timbuktu was an intellectual and spiritual capital and a centre for the propagation of Islam throughout Africa in the 15th and 16th centuries. Its three great mosques, Djingareyber, Sankore and Sidi Yahia, recall Timbuktu's golden age. Although continuously restored, these monuments are today under threat from desertification.

The three great mosques of Timbuktu, restored by the Qadi Al Aqib in the 16th century, bear witness to the golden age of the intellectual and spiritual capital at the end of the Askia dynasty. They played an essential part in the spread of Islam in Africa at an early period.

Timbuktu is thought to have been founded towards the end of the 5th century of the Hegira by a group of Imakcharen Tuaregs who, having wandered 250 km south of their base, established a temporary camp guarded by an old woman, Buktu. Gradually, Tim-Buktu (the place of Buktu) became a small sedentary village at the crossroads of several trade routes. Quickly converted to Islam (the two great mosques of Djingareyber and Sankore appeared during the Mandingue period), the market city of Timbuktu reached its apex under the reign of the Askia (1493-1591). It then became an important centre of Koranic culture with the University of Sankore and numerous schools attended, it is said, by some 25,000 students. Scholars, engineers and architects from various regions in Africa rubbed shoulders with wise men and marabouts in this intellectual and religious centre. Early on, Timbuktu attracted travellers from far-away countries.

Although the mosques of El-Hena, Kalidi and Algoudour Djingareye have been destroyed, three essential monuments - the mosques of Djingareyber, Sankore and Sidi Yahia - fortunately still stand as testimony to the grandeur of Timbuktu.

The Mosque of Djingareyber was built by the sultan Kankan Moussa after his return in 1325 from a pilgrimage to Mecca. Between 1570 and 1583 the Qadi of Timbuktu, Imam Al Aqib, had it reconstructed and enlarged, adding the whole southern part and the wall enclosing the graveyard situated to the west. The central minaret dominates the town and is the most visible landmark of the urban landscape. A smaller minaret on the eastern facade completes the profile of the Great Mosque which has three inner courtyards.

Like Djingareyber, the Mosque of Sankore, built during the Mandingue period, was restored by the Imam Al Aqib between 1578 and 1582. He had the sanctuary demolished and rebuilt according to the measurements of the Kaaba at Mecca, which he had taken with a rope during his pilgrimage.

The Mosque of Sidi Yahia, south of Sankore, was probably built around 1400 by the marabout Sheikh El Moktar Hamalla in anticipation of a holy man who appeared 40 years later in the person of Cherif Sidi Yahia, who was then chosen as Imam. It was restored in 1577-78 by the Imam Al Aqib. Apart from the mosques, the World Heritage site comprises 16 cemeteries and mausolea, essential elements in a religious system as, according to popular belief; they constitute a rampart that shields the city from all misfortune. The most ancient mausoleum is that of Sheikh Abul Kassim Attouaty, who died in year 936 of the Hegira (1529) and was buried 150 m west of the city with 50 ulemas and holy persons from Touat. Equally noteworthy and from the same general period are the graves of the scholar Sidi Mahmoudou, who died in year 955 of the Hegira (1547) and of Qadi Al Aqfb, the restorer of mosques, who died in year 991 of the Hegira (1583).

http://worldsincredible.blogspot.com.es/2011/06/timbuktu-city-in-northeastern-mali.html

3 de febrero de 2012

Tombuctú, un sueño hecho realidad (I)

Ubicación: Tombuctú, Malí

Quizá inspirada por un gran libro de Jordi Esteva que acabo de terminar y escribir la reseña para LeeryViajar, Socotra, la isla de los genios donde entre otras cosas reflexiona sobre los destinos y viajes soñados, y la capacidad o no de perder la ilusión y la curiosidad con los años de viaje (casualmente un debate que también se ha producido en los mismos días en viajablog), por fin me he decidido a escribir sobre Tombuctú, uno de mis destinos soñados y que en Agosto de 2008 pude hacer realidad.

Tombuctú, sólo oír su nombre puede generar evocaciones de viajes, seguramente asociándolo a otros nombres como Sáhara, Níger, Malí, Sahel... Tristemente, quizá, muchos también lo estén relacionando con una zona peligrosa por la presencia de grupos islamistas como Al Qaeda, con secuestros y asesinatos, o con el tráfico de emigrantes africanos, esos valientes que se ponen en manos de mafiosos para cruzar el Sáhara hacinados en camiones... Espero que no dure, sólo espero eso.

Tombuctú es una leyenda desde siempre, dura ya siglos.

Los primeros europeos que se adentraron en el África Occidental, parecía que nunca iban a arribar en la mítica ciudad.

Buscaban oro, marfil y esclavos -que era con lo que traficaban los árabes, y algunos sencillamente resolver el misterio del curso del Níger, cuyo curso se sucede al revés que el resto de los ríos, del mar hacia dentro, buscando sus fuentes (o su final).

El caso es que ya fuera por motivos más o menos "nobles", muchos se intentaron adentrar en esas tierras dominadas por reyes, con sus ejércitos y su firme propósito de no dejar avanzar a la "plaga blanca". Muchos perecieron en el camino, ya fuera por la malaria, ya por las flechas de unos u otros. Y así, la leyenda de Timbuktú iba creciendo en Occidente.

Antaño había sido un principal punto de encuentro de caravanas. Por eso se le atribuían grandes riquezas, incluso el sueño de una ciudad con calles pavimentadas de oro.

Los europeos llegaban ya tarde, y las leyendas hablaban mucho más del pasado que del presente.

Curiosamente, este es uno de los acentos que algunos ponen cuando hablan de Tombuctú: no es lo que esperas, su leyenda no tiene que ver con la realidad, es una ciudad polvorienta y poco más, te decepcionará...

A todos aquellos que, hayan viajado o no allí, despliegan ese discurso, les digo: no, a mi no me ha ocurrido, a mi no me ha defraudado y con gusto me hubiera quedado mucho más tiempo allí, tratando de entender y experimentar a la ciudad y sus habitantes.

No fui la única de los que me acompañaban, por cierto.

Yo no tenía grandes nociones de dónde estaba ni qué pasado histórico tenía esta ciudad. Sólo una gran idea: es un lugar remoto y mítico, tierra de Tuaregs, al borde del gran Sahara, quiero verlo.

Llegamos una mañana muy muy calurosa, con ese calor que espesa el aire, que hace que el viento parezca una corriente que sale de un gran ventilador de aire caliente... a las orillas del Níger. Allí teníamos que coger el transbordador para cruzarlo. Tombuctú no está en la otra orilla, sino que se sitúa unos kilómetros tierra adentro. En esa orilla apenas había unas chozas y poco más, o nada más.

El transbordador llegó, no sé cuánto tiempo estuvimos esperando por cierto... a esas alturas del viaje mi sentido del tiempo había cambiado, se había acomodado (relativamente) al suyo.

Embarcamos los vehículos, las personas y alguna que otra cabra e iniciamos la travesía, unos kilómetros de río arriba y cruzar a la otra orilla. Si no recuerdo mal, alrededor de 2 horas y media, puede que menos.

Me fijo, casi emocionada, en algunos de los pasajeros. Tuaregs vestidos con sus amplios bubús, sus turbantes enormes, mirada misteriosa...

El sol caía a pico sobre nuestras blancas pieles, a pesar del cielo plomizo. Decidimos sentarnos en cubierta a jugar a las cartas, después de contemplar la monotonía de las aguas del Níger y sus orillas arenosas, y de intentar avistar a una mamá hipopótamo y su hijito porque unas señoras locales iban contando que el día anterior les vieron pastar en esas mismas orillas. La presencia de hipopótamos en el Níger es cada vez más raquítica. No tuvimos suerte, ces´t la vie.

Por fin llegamos al "puerto" de Timbuktú. Un pequeño muelle donde atracan los transbordadores (hay uno de ida y otro de vuelta), y una orilla de pendiente pronunciada donde descargan los barcos de mercancías que han subido desde Mopti y Djenné.

Lo primero que veo es un pueblo de casas cuadradas, algo anodinas, que atravesamos después de pasar un enésimo control militar (en todo Malí es así). Enfilamos por una pista-carretera que se ve bordeada de altos chopos. Pienso que no parece las puertas del desierto!!. Nada de esto sabía. ¿Dónde está ese Tombuctú soñado del que apenas he visto fotos??

Por fin llegamos, después de otro control militar con mordida incluida para entrar en la ciudad, y nos dirigimos al hotel, en el perímetro exterior pero no muy lejos de la mezquita Djingareiber, donde dejamos los equipajes y saludamos a algún que otro mochilero. Aún es pronto, el sol aprieta mucho y decidimos comer y salir un poco más tarde.

En la misma recepción del hotel, que hace las veces de comedor, aparece un tuareg vestido con sus ropas tradicionales. Es un hombre mayor, que me resulta imponente en su aspecto y su mirada. Lleva un montón de collares, pulseras, y mil cosas más de artesanía tuareg (una de las más bonitas que conozco), y mi emoción se desinfla un poco. Pienso "uy, esto parece una turistada, los tuareg se visten para los guiris y para venderles lo que puedan, sin más".

Esa sensación me empieza a perseguir con más fuerza cuando damos un primer paseo, al atardecer, por la ciudad.

Se nos empiezan a acoplar tuaregs, que pegan hebra hablando de todo un poco, especialmente bromeando con las chicas, y al final sacan algún colgante o lo que sea. Me entra cierto desasosiego y pienso que quizá sí, quizá me decepcione.

Vistas desde el corredor de habitaciones del "hotel"

Al día siguiente, todo cambió. Pero eso ya os lo cuento en la siguiente entrada... ;-).

http://www.losviajesdeali.com/2012/02/tombuctu-un-sueno-hecho-realidad-i.html

7 de febrero de 2012

Tombuctú: un sueño hecho realidad (II)

Ubicación: Tombuctú, Malí

Tombuctú, la Atenas africana, la Meca del Sáhara, La Roma de Sudán... estos son apelativos dedicados a esta ciudad, testigos de su memoria de leyenda.

Por fin, temprano, nos levantamos para recorrer Timbuktú. A la luz del día van apareciendo los testimonios de ese gran centro caravanero, el más importante, de las rutas del comercio transahariano entre el Golfo de Guinea y el Mediterráneo. Casas que lucen puertas y ventanas ricamente labradas al estilo marroquí, mezquitas de arquitectura sudanesa... Esta ciudad es Patrimonio de la Humanidad, y no es para menos.

Nos dirigimos a la mezquita de Djingareiber, erigida por un granadino de Al-Andalus que acabó aquí después de muchos viajes y vicisitudes,

al ser exiliado de la Península: Es-Saheli. Hablamos del año 1325 (el de la construcción de la mezquita).

Como siempre, me quedo "enganchada" contemplando el adobe, su superficie irregular, su color, su relieve, su factura claramente humana.

De ahí, nos adentramos en las calles, la gran mayoría sin pavimentar, y vamos encontrándonos con los recuerdos y vestigios de ese pasado de viajeros y conquistadores que suspiraban por llegar aquí. Algunos lo lograron, como Gordon Laig y René Caillié aunque sólo este último volvió a su país y lo pudo contar en primera persona.

Y alguno más remoto y para mi quizá más interesante: Ibn Battuta, quien llegó a Tombuctú unos años después de la construcción de Djingareiber. Este gran viajero, contemporáneo de Marco Polo, nacido en Tánger y que durante 20 años recorrió buena parte del mundo conocido, incluyendo sur y este de Europa, Oriente Medio, India, Asia Central, sureste asiático y China, además de norte y centro de África, estuvo aquí.

Una placa nos avisa de que se alojó en esa casa. ¿Será cierto? ¿puede la memoria llegar tan lejos, mantenerse desde el siglo XIV?. Quién sabe, pero desde luego emociona pensar que sí.

Al doblar una esquina, aparece una escuela tradicional. Los chicos y algunas chicas están aprendiendo el Corán, copiando las suras en tablillas de madera, con cañas de pluma y tinta china que luego borrarán para volver a utilizarlas. Este es el modo tradicional de aprendizaje, practicado en las madrasas desde hace siglos y aquí sigue siendo el día a día. El maestro nos señala no sin cierto orgullo a uno de los alumnos, ya adolescente, que está a punto de llegar al gran objetivo de saberse de memoria el Corán. Entonces será, según la tradición islámica, considerado como alguien de respeto.

Me fascina encontrar esas escenas del pasado perfectamente incorporadas a la vida del s. XXI, pero no me gusta pensar que siga el empeño por mantener un método de "aprendizaje" tan rígido en calidad de principal herramienta de conocimiento, y precisamente aquí, en Tombuctú.

Por un ratito, les desconcentramos...

En Tombuctú se guardan miles de manuscritos antiguos, algunos del s. XIII, que versan sobre asuntos religiosos, comerciales, científicos, y están escritos en árabe, hebreo y castellano aljamiado (textos escritos en español pero en caracteres árabes, producidos por los últimos musulmanes que vivieron en territorio cristiano entre los siglos XV y XVII).

¿Qué hacen aquí esos manuscritos?. A un centro caravanero como éste no sólo llegaban materias de comercio y riquezas, sino también cultura y libros.

En Al-Andalus, El Cairo, Fez, Arabia, se generaba cultura, se enseñaba y se formaba a intelectuales, y algunos de ellos acababan viajando en esas caravanas, acompañados de sus libros. Se establecían en nuevos países y ciudades y daban clases, generalmente para extender y afianzar el Islam, pero muchas veces en combinación de otras ciencias. A partir de ahí se formaba una nueva demanda de libros, traídos de esos lejanos centros de saber -en forma de copias manuscritas-.

Tombuctú, Chinguetti, Walata, son ciudades donde esos intelectuales se asentaron. Su legado se transmitió de generación en generación. Las familias guardaron esos libros, ese saber sin el cual la memoria se perdería, conscientes de su valor, puede que incluso protegiéndolos con su vida en las guerras y conflictos que vivió la región a través de los siglos.

Ismael Diadié es uno de sus descendientes y él ha sido quien ha impulsado la biblioteca Andalusí de Tombuctú, que reúne unos 3.000 volúmenes. Fuimos a verle, pero no estaba en la ciudad y apenas pudimos vislumbrar alguna de las salas de la biblioteca. Lo que más pena me dio fue no poder hablar con él.

Hay otras bibliotecas, donde pudimos contemplar algunos de esos manuscritos, realmente fascinantes...

En nuestros paseos por la ciudad, antes de que el calor apriete tanto que tengamos que ir en busca de un refresco y sombra, a ser posible con ventilador :), aparecen sorpresas y curiosidades casi inimaginables. Por ejemplo, un bidón de los alemanes, de la II Guerra Mundial! :-O.

Otra mezquita preciosa, posterior a Djingareyber, es la de Sankoré. Cuenta la tradición que fue construida por una devota beréber que quería tener en Timbuktú una réplica del recinto sagrado de la Meca. Sí se sabe que data del s. XV y fue una importante madrasa.

Pero quizá, lo que más recuerdo son las calles, la vida que pasa por ellas, los tuareg y otros africanos a los que ya he acostumbrado mi mirada, el té verde fuerte, amargo y dulce a la vez, el más rico de todos los que he probado nunca...

Tombuctú ha quedado al fin en mi memoria, cargada de magia, seguramente algo idealizada como todos esos lugares que de alguna manera te han marcado. Recuerdo perfectamente cómo, al poco de llegar allí, pensé "estoy muy lejos, estoy enmedio de la "nada", estoy en la ciudad mítica de Tombuctú".

Yo no sé a vosotros, pero no siempre logro pararme a cobrar conciencia in situ de dónde estoy, al menos no de esta forma, como si mirara desde arriba, como si no fuera yo quien lo pensara. Muchas veces llegas a los sitios y lo sientes como algo normal, es parte del camino que has recorrido y bien, has llegado y lo disfrutas, pero no te paras a pensarlo realmente, a cobrar total conciencia del camino que has hecho y sobre todo de dónde estás (seguramente lo hagas después, con tiempo y reposo, a la vuelta del viaje o cuando ya estás en una nueva etapa del mismo).

Aquí sí me ocurrió, quizá porque era uno de mis destinos realmente soñados, anhelados.

Por cierto, este año espero cumplir otro de esos sueños :-).

http://www.losviajesdeali.com/2012/02/tombuctu-un-sueno-hecho-realidad-ii.html

Tombuctú, el puerto del desierto

A caballo entre el gran desierto y el río Níger, la situación de Tombuctú, en el norte de la República de Malí, sigue siendo privilegiada, como la de toda gran encrucijada. La ciudad mítica, soñada por aventureros y dominada hace siglos por León el Africano, vive hoy adormecida en su pasado esplendor

PEP SUBIRÓS 6 AGO 2006

Hay un país, al suroeste de Libia, más allá del gran desierto”, relata Herodoto en el siglo V antes de Cristo, "que los comerciantes cartagineses suelen visitar. Cuentan que, después de un viaje muy largo y fatigoso, llegan a una playa donde descargan sus mercancías. Una vez dispuestas ordenadamente sobre la arena, las dejan allí, y ellos se alejan y encienden grandes hogueras para anunciar su llegada a quienes viven en aquellas tierras. Al ver el humo, los nativos salen de sus poblados y van hacia la playa, se acercan a las mercancías, las examinan y, tras depositar junto a ellas tanto oro como creen que valen, desaparecen de la vista. Entonces, son los cartagineses quienes se aproximan, y si consideran que el oro es suficiente, lo recogen y se van; pero si no les parece bastante, no lo tocan y se retiran de nuevo, y reavivan el fuego hasta que el humo vuelve a cubrir el cielo. Los nativos acuden entonces por segunda vez y añaden algo más de oro, y así se repiten las idas y venidas hasta que los comerciantes se dan por satisfechos”.

Todas las épocas de las que guardamos memoria nos han legado alguna historia de un país fabuloso, preñado de riquezas, situado en alguna región ignota. Los más codiciados tesoros esperan a aquellos audaces dispuestos a desafiar los escollos que, invariablemente, cierran el paso a quienes pretenden alcanzar tan venturosas tierras.

Nada extraño, pues, que durante largo tiempo se creyera que la historia recogida por Herodoto en el norte de África no era sino una más de esas leyendas.

El interior del continente siguió envuelto durante siglos en una espesa nebulosa, acorazado por un desierto inhóspito en el que sólo conseguían sobrevivir algunas belicosas e irreductibles tribus nómadas.

La irrupción en el África septentrional de los conquistadores árabes supondría un cambio sustancial. Plenamente avezados a sobrevivir en las regiones más inhóspitas, los árabes penetrarían sin grandes problemas en el Sáhara, extenderían el islam hasta Sudan-es-Bilad ("la tierra de los negros”) y reanudarían el tráfico comercial del que se hacía eco Herodoto. Con ello, las noticias de las legendarias riquezas del África negra llegarían una vez más al mundo mediterráneo y, desde allí, a toda Europa.

La sal y el oro: ésas eran las mercancías claves, junto con los esclavos, del nuevamente floreciente comercio transahariano. La sal, componente esencial para el organismo humano, brotaba sin cesar en las salinas de Taghaza, en pleno desierto, pero escaseaba dramáticamente más hacia el sur. Allí, en cambio, en los parajes ya húmedos y boscosos del África tropical, el oro era tan abundante que los soberanos de aquellos reinos enjaezaban sus cabalgaduras con pepitas de oro gruesas como el puño, decían los rumores.

Poco a poco, y aunque siempre basándose en fuentes indirectas, el epicentro del singular intercambio adquiriría un nombre propio: Tombuctú. Un nombre propio, inconfundible, pero de localización incierta, ambigua y paradójica, no menos fantástica que su riqueza. Una ciudad situada, según unos, en pleno desierto; según otros, a orillas de un gran río. En cierto modo, la información no hizo más que realimentar la vieja leyenda.

La credibilidad de Tombuctú en el imaginario occidental como un emporio de riquezas inimaginables quedaría definitivamente avalada a principios del siglo XVI por un fiable testigo directo, el granadino Hassan Ibn Muhammad al Wazzani, más conocido entre nosotros como León el Africano.

Hijo de una distinguida familia instalada en Fez poco después de la ocupación de Granada por los Reyes Católicos, Hassan al Wazzani recorre buena parte del mundo islámico en viajes de negocios y también en diversas misiones diplomáticas como representante del xerif de Fez. Entre 1510 y 1515, los negocios familiares le llevan por dos veces a Tombuctú. Poco más tarde, en 1518, mientras se dirige por mar hacia Túnez de regreso de un viaje a Turquía, su galera es atacada por corsarios italianos, y tripulantes y pasajeros son apresados y conducidos a Nápoles para ser vendidos como esclavos. Tras diversos avatares, Hassan da con sus huesos en la corte pontificia, donde muy pronto es apreciado por el papa León X tanto por sus conocimientos del mundo musulmán como por sus servicios como traductor y profesor de árabe. Pero, sobre todo, lo que más sorprende e interesa al papa son los relatos de sus fascinantes viajes por el interior de África.

Dos años después de su captura, Hassan recupera la libertad a cambio de convertirse, al menos formalmente, a la fe católica, apostólica y romana. Con el bautizo, inicio de una nueva vida, Hassan recibe también un nuevo nombre, el mismo que el de su protector: Giovanne Leone. A partir de ese momento será conocido como León el Africano.

Alentado por el papa, Hassan-León completa la redacción de una Historia y descripción del África y de las extraordinarias cosas que contiene, obra que incluye el retrato de una ciudad que conjuga la opulencia económica del mítico El Dorado y el brillo cultural del Damasco o la Córdoba califales: "En Tombuctú se alzan una mezquita extraordinaria y un palacio majestuoso”, explica León el Africano. "(…) Los habitantes, y especialmente los extranjeros que viven aquí, son extraordinariamente ricos, hasta el punto que el actual rey ha casado a dos de sus hijas con dos de estos mercaderes. Hay muchos pozos llenos de agua muy dulce, y cada vez que el río Níger se desborda, hacen llegar el agua hasta la ciudad mediante acequias. En la ciudad se encuentra grano, leche y mantequilla en abundancia, aunque la sal es muy escasa y tienen que traerla desde las minas de Taghaza, situadas a veinte días de distancia. (...) Aquí reside un gran número de doctores, de jueces y otras gentes de gran sabiduría, que viven espléndidamente a cargo del rey”, dice aún León el Africano. "Y aquí llegan libros y manuscritos desde la Berbería, que son vendidos por más dinero que cualquier otra mercancía. La moneda de Tombuctú es el oro puro, sin acuñar, sin inscripción de ningún tipo”.

Los europeos no querían oír otra cosa, y no hay por qué suponer que el granadino exagerase al describir las excelencias de Tombuctú. Sus visitas a la ciudad coinciden con su momento de máximo esplendor. Desde su fundación, a finales del siglo XI o principios del XII, la ciudad experimenta dos largos periodos de estabilidad: entre 1330 y 1360, cuando el mansa Kankou Mousa la coloca bajo su protección, y, sobre todo, entre 1468 y finales del siglo XVI, cuando son los askias sonraïs de Gao quienes dominan la ciudad y mantienen a los tuaregs a raya. El resto del tiempo, sin embargo, Tombuctú se halla permanentemente sometida a las exacciones de los nómadas del desierto y a la codicia de todos los reinos e imperios vecinos. En algún caso, con una importante participación hispánica, como a finales del siglo XVI, cuando, después de haber conseguido unificar Marruecos bajo su autoridad, el xerif Muley Ahmed considera que ha llegado la hora de extender sus dominios hacia el sur, más allá del gran desierto, para controlar las fuentes del oro con que regresan, cuando regresan, las caravanas que se arriesgan a cruzarlo.

Para llevar a cabo su proyecto, Muley Ahmed organiza un ejército formado básicamente por mercenarios andaluces, descendientes de familias granadinas, equipados con armas de fuego suministradas por la corona británica, gran adversaria de los castellanos en sus ambiciones coloniales.

La expedición sale de Marraquech el 16 de octubre de 1590 dirigida por el pachá Judar, un cristiano renegado nacido en Las Cuevas (Granada).

La lengua oficial del cuerpo expedicionario es el castellano. Veinte semanas más tarde, a finales de febrero de 1591, el ejército andalusí llega al Níger, a la altura de Karabara, y desde allí se dirige, bordeando el río, hacia Gao, capital del imperio sonraï, que en aquellos momentos controla Tombuctú. El askia Ishak reúne una fuerza de 18.000 jinetes y 9.500 infantes. Cuando el 13 de marzo de 1591 los dos ejércitos se hallan frente a frente, sólo 1.000 hombres de Judar se encuentran en disposición de combate. El resto ha perecido en el viaje o se halla demasiado débil para empuñar las armas. Pero los 1.000 soldados del pachá tienen arcabuces. Los guerreros sonraïs, hasta entonces invencibles, no han visto jamás armas de fuego. Confiados en su superioridad, se lanzan en tromba contra aquel puñado de extranjeros exhaustos y achacosos. El combate dura pocos minutos. Diezmado por las balas, aterrorizado por las llamaradas y explosiones de unas armas diabólicas, el ejército sonraï huye en desbandada. Judar ocupa Gao sin más oposición y, pocas semanas después, Tombuctú. Ambas ciudades son saqueadas, y sus tesoros, enviados al soberano marroquí.

Pero la victoria de Judar y sus hombres pronto revela su fragilidad. Separados por más de 2.000 kilómetros de desierto de las grandes ciudades del norte –Mogador, Marraquech, Fez, Mequinez…–, y de sus propias familias, pronto los invasores cortan las amarras con el soberano al que servían y pasan a constituir uno más de los diferentes grupos étnicos que a lo largo de los siglos se han sucedido como casta dominante de Tombuctú. Durante más de 100 años, los soldados de Judar y sus descendientes directos dominarán a sangre y fuego el gobierno de la ciudad, recibiendo una denominación claramente expresiva de su atributo original más peculiar: los arma, como son conocidos aún hoy sus descendientes.

Es a finales del siglo XVIII, coinci-diendo con la emancipación de las colonias americanas, cuando las grandes potencias europeas deciden que ha llegado la hora de despejar definitivamente el misterio de Tombuctú y del Níger, y de abrir esas regiones a las hipnóticas luces de la civilización y el comercio.

Lo paradójico del caso es que cuando por fin los europeos se lanzan al descubrimiento y conquista de Tombuctú, lo hacen guiados por una imagen que ya no tiene casi nada que ver con lo que ocurre realmente en la ciudad y en toda la región. La ciudad lleva más de 200 años sometida a la rapiña, primero de los arma, después de los bambaras de Segou y de los peuls de Macina; de los tuaregs, siempre.

Alentada especialmente por los Gobiernos británicos y franceses, desde 1790 se desencadena una auténtica carrera colonial entre exploradores y aventureros de todo pelaje. Casi todos ellos dejan la piel en el empeño. Sólo los británicos pierden más de 150 exploradores. En total, desde los tiempos de León el Africano y hasta 1880, sólo cinco europeos consiguen violar el secreto de Tombuctú y regresar con vida para contarlo: Robert Adams (1811), René Caillié (1828), Heinrich Barth (1853) y, ya en 1880, la pareja formada por el alemán Oskar Lenz y el español, nacido en Tánger, Cristóbal Benítez, que le acompaña como sirviente e intérprete.

Cuando por fin los franceses ocupan militarmente la ciudad, en 1894, de su brillante pasado no queda más que una pálida memoria, unas ricas bibliotecas, una intensa espiritualidad islámica y, según una pertinaz leyenda, una no menos intensa sensualidad.

Visitar hoy Tombuctú tiene ya poco que ver con las extraordinarias y a menudo trágicas epopeyas de las caravanas que cruzaban el desierto en pos del oro de Sudán, o de los centenares de aventureros que intentaron descubrir la ciudad a lo largo del siglo XIX. Ahora es posible llegar en avión. Si elige esta vía, sin embargo, el viajero quedará probablemente decepcionado. Depositado de sopetón en la empobrecida ciudad, difícilmente percibirá la grandeza que su humildad atesora. Seguramente sea ésta la razón por la que todas las guías turísticas hablan de Tombuctú como de una gran decepción: ni una ciudad viva y floreciente, ni un museo al aire libre, sino un lugar perdido, arruinado, polvoriento, que no guarda más vestigio de su legendario pasado que la nueva-vieja mezquita de Yinguereber, reconstruida incontables veces imitándose siempre a sí misma.

Sí, quizá tengan razón, las guías turísticas casi siempre la tienen en lo anecdótico; pero si uno está dispuesto a aproximarse lentamente a la ciudad por una de las dos vías tradicionales de acceso a la misma –es decir, o bien por el desierto, desde el norte, o bien por el río, el Níger, desde el sur–, y por más que el desplazamiento se realice mediante modernos medios de transporte –vehículos todoterreno, si es por el desierto; grandes embarcaciones a motor, si es por el río–, el viaje será con toda seguridad suficientemente intenso como para que, al llegar a Tombuctú, aprecie lo asombroso que es la mera existencia y supervivencia de una ciudad en ese punto del mundo y sienta la fuerza de su magnetismo.

No es un viaje para quien tenga prisa o vaya con el tiempo milimetrado. Puede durar cinco días, o tal vez diez, depende. Si se va por tierra, dependerá de la pericia de los guías, de las tormentas de arena, de las averías mecánicas… Si es por el Níger, ya sea en una pinasse (inmensas piraguas que aseguran el transporte y la comunicación a lo largo de todo el año), ya sea a bordo de uno de los buques que durante la temporada de aguas altas –entre junio y noviembre, aproximadamente– cubren la línea Kulikoro-Mopti-Tombuctú-Gao, dependerá del nivel de las aguas, de la carga a embarcar o desembarcar en cada escala, también de las averías, sin olvidar los espíritus del río…

Ahora bien, si uno está dispuesto a prescindir, al menos por unos días, tanto del reloj como del grado de confortabilidad al que estamos acostumbrados, el viaje constituirá, sin duda, una experiencia memorable.

Cuando, tras largos días de insolación y, tal vez, desolación, el viajero empieza a temer que ha perdido el norte, o el sur, como ese imposible río Níger que se adentra en el desierto, lo que al principio emerge como un espejismo pronto se revela como una ciudad real, pobre y polvorienta, sí, pero sólida, firmemente asentada entre los arenales. Una ciudad modesta y al mismo tiempo portentosa, como otras ciudades erigidas en pleno desierto; ciudades que no se imponen contra la tierra que las acoge, sino que son su prolongación, una sutil modulación.

Las calles de Tombuctú están llenas de edificios recatadamente espléndidos, bastantes de ellos bien conservados –la ciudad fue declarada en 1988 patrimonio de la humanidad por la Unesco–. Muchas casas tienen puertas y ventanas ricamente labradas, a la manera árabe: la madera ornada con grabados, relieves y hierro forjado. En el interior se entrevén patios y estancias; hombres conversando recostados sobre esterillas, niños jugando, mujeres moliendo grano o cocinando.

La mezquita de Yinguereber, erigida por iniciativa del mansa Musa en el año 1330 y después destruida y reconstruida incontables veces, es una edificación extraña, inquietante, con un aire más de fortaleza que de templo. El minarete, aplastado por el sol, pulido por el viento, semeja más un baluarte defensivo que una torre desde donde llamar a la oración. Con todo, el conjunto es un monumento impresionante de formas blandas y ondulantes, de muros grisáceos y agrietados, como un viejo elefante yacente, esculpido por el tiempo.

Al atardecer, las calles de Tombuctú se llenan de grupos de hombres sentados o tendidos sobre el suelo arenoso. Conversan, o juegan a las cartas, al awalé o a las damas, sobre tableros dibujados en la arena, con piedrecillas como fichas.

De dos en dos, de tres en tres, las mujeres pasean lentamente luciendo sofisticados tocados. Muchos niños juegan y corretean, otros acarrean cubos de agua sobre sus cabezas. Casi todos gritan constantemente, y los más atrevidos se acercan al extranjero y le saludan, dándole la mano. "Ça va, toubabou?”, preguntan entre risas, antes de irse corriendo, satisfechos de su osadía.

La noche cae muy deprisa, y en el ambiente se entabla una inevitable conflagración entre hogueras y humo. Los niños siguen jugando, gritando y corriendo, tan pronto iluminados por el fuego como desaparecidos en la neblina. Los hombres siguen hablando a oscuras. Las mujeres preparan la cena.

El viajero se pregunta cuánto tiempo resistirá Tombuctú, si podrá evitar el destino de tantas otras ciudades que el desierto ha engullido. Cuando el viento sopla, la arena invade las calles, trepa por los muros, sella puertas y ventanas. Tras no pocas fachadas espléndidas se abre el cielo. En el interior, todo se ha derrumbado, dejando sólo un gran decorado; pero no resulta extraño, porque toda la ciudad es un gran teatro donde se representa una función que nadie ha escrito, pero en la que cada uno parece saber perfectamente su papel.

A excepción de un puñado de turistas y de historiadores del islam, la ciudad vive aparentemente aislada del mundo. De hecho, durante medio año, cuando el Níger crece, el aislamiento físico es casi total; sólo se puede llegar a ella o abandonarla, o bien por el río, navegando a bordo de piraguas o de barcos surgidos de la noche de los tiempos, o bien cruzando el desierto, navegando por mares de arena y piedras. En buena medida, es un universo aparte, y parece que también esté fuera del tiempo; pero, por poco que uno hurgue, la historia aflora por todas partes, todo el mundo habla de cosas que ocurrieron hace siglos como si fuese ahora mismo, como si cualquier día todo pudiese volver a ser como antes. Quizá tengan razón.

"Antes todo el mundo quería venir a Tombuctú”, decía el anciano que me acompañó a visitar la biblioteca del Centro de Estudios y Documentación Ahmed Baba, "pero ahora ya no viene nadie. Sólo cuatro turistas. Y los pocos que vienen se largan enseguida. Buscan palacios, monumentos y murallas, y cuando no los ven creen que no hay nada que valga la pena. Mejor así. Todas nuestras desgracias llegaron porque éramos demasiado ricos. Todo el mundo nos envidiaba. Ahora creen que somos pobres, pero somos más ricos que nunca. Nuestros tesoros están ahí”, dice, señalando los libros, "y aquí”, añade, llevándose la mano al corazón.

"Es como Atenas y Roma”, afirmaba por su parte un joven profesor de historia. "Todos los conquistadores han acabado conquistados por nuestra cultura. Como no han podido vencernos nunca, ahora optan por aislarnos. Cada diez años, los poderosos nos pegan una patada en el culo para que retrocedamos veinte. Los occidentales lo están destruyendo todo, pero un día lo pagarán. Están destruyendo la capa de ozono que protege el mundo, y los ecosistemas, para que las sequías nos maten de hambre, y devalúan nuestra moneda, pero no podrán con nosotros. Hay 333 santos que protegen la ciudad. Y Tombuctú está lleno de gente que conoce los secretos más grandes. ¿De qué crees que viven estos hombres que se pasan el día sentados en el zaguán de su casa? ¿Crees que trabajan? No, de ninguna manera. Cuando anochece, se encierran en su habitación, trazan un cuadrado mágico en el suelo y de él obtienen todo lo que necesitan. Llegará el día en que esta ciudad volverá a ser el centro del mundo…”.

Aunque con medios algo distintos, el actual Gobierno de Malí también quiere reincorporar la ciudad a las grandes rutas mundiales, para lo cual ha construido un nuevo aeropuerto capaz de recibir modernas aeronaves cargadas de turistas.

Sí, ¿por qué no?, quizá en un mundo policéntrico, Tombuctú pueda volver a ser una ciudad de primer orden. A caballo entre el gran desierto y el río Níger, su situación sigue siendo privilegiada, como la de toda gran encrucijada. Y como me decían todos los tuaregs a quienes pregunté por las razones de los conflictos que frecuentemente los han enfrentado a las autoridades de Bamako, "¿quién sabe lo que hay bajo la arena?, ¿quién asegura que el desierto no guarda tesoros todavía desconocidos: petróleo, diamantes, uranio, etcétera? Si no hay nada, que nos lo dejen. Nosotros seremos capaces de salir adelante. Siempre lo hemos sido”.

Sí, es posible. Si Tombuctú existe y resiste, todo es posible. Pero a quien quiera verificarlo, le aconsejo aproximarse despacio, muy despacio, y empaparse de su historia, que no sólo está escrita en los libros, sino también en los grandes arenales, y en los meandros del Níger. Sólo así apreciará en lo que vale esa ciudad todavía increíble, ese gran puerto del desierto, a tiro de piedra de un gran río no menos impensable.

http://elpais.com/diario/2006/08/06/eps/1154845613_850215.html

Los manuscritos de Tombuctú

Investigadores en Timbuktu (o Tombuctú), Malí, están luchando por conservar decenas de miles de antiguos textos, que prueban que África tuvo historia escrita hasta, por lo menos, la época del Renacimiento europeo.

Los manuscritos de Tombuctú

Bibliotecas públicas y privadas en la legendaria ciudad del Sahara han reunido hasta el momento 150.000 frágiles manuscritos, algunos de ellos del siglo XIII, y los historiadores locales afirman que muchos más podrían estar enterrados bajo la arena.

Los textos habían sido escondidos y almacenados por sus orgullosos propietarios, en construcciones de barro y en cuevas del desierto para ponerlas a salvo primero de los invasores marroquíes, de los exploradores europeos y finalmente de los colonos franceses.

Escritos en delicadísima caligrafía, algunos versaron sobre astrología o matemáticas, mientras que otros relataban la vida socia y económica en Timbuktu, durante su Edad de Oro, cuando fue un lugar del saber, en el siglo XVI.

"Estos manuscritos tratan todos los aspectos del conocimiento humano: leyes, ciencias, medicina", afirma Galla Dicko, director del Ahmed Baba Institute, una biblioteca que alberga 25.000 textos.

"Aquí hay por ejemplo", señalando un escrito en una caja de cristal, roído por las termitas, "hay un tratado acerca de la Política, enseñando las leyes del buen gobierno y advirtiendo a los intelectuales a no dejarse corromper por el poder de los políticos".

En otra estantería de libros se encuentra un tratado sobre matemáticas y una guía a la música andalusí, así como historias de amor y la correspondencia entre comerciantes que recorrían las rutas de las caravanas que atravesaban el desierto del Sahara.

Sólo recientemente las familias más importantes han empezado a renunciar a sus preciosas reliquias familiares, persuadidos por los funcionarios locales de que todos estos manuscritos forman parte de un legado común para compartir.

"Es a través de estos escritos como podemos realmente conocer nuestro lugar en la historia", afirma Abdramane Ben Essayouti, Iman de la mezquita más antigua de Tombuctú, construida en 1325.

CALOR, POLVO Y TERMITAS

Los expertos creen que los 150.000 textos hasta ahora recogidos son sólo una fracción de lo que durante siglos ha permanecido oculto bajo el polvo de las puertas de madera de los hogares de Tombuctú.

"Esto es sólo el 10% de lo que hay en total. Pensamos que puede haber más de un millón de manuscritos", afirma Ali Ould Sidi, funcionario gubernamental responsable de la protección del patrimonio.

Algunos académicos afirman que estos textos forzarán al mundo occidental a aceptar que África tuvo una historia intelectual antigua y valiosa a recuperar. Otros lo comparan con el descubrimiento de los rollos del Mar Muerto.

Pero a medida que se extiende la fama de estos manuscritos, los encargados de su conservación temen que lo que ha sobrevivido siglos de termitas y calor extremo, se pierda por la venta a turistas o la entrada del tráfico ilegal en el país.

Sudáfrica se está convirtiendo en la punta de lanza de la "Operación Timbuktu", para proteger los textos, creando una nueva biblioteca para el Instituto Ahmed Baba, escritor y erudito nacido en Tombuctú, contemporáneo de Shakespeare.

EE.UU. y Noruega están ayudando a preservar los manuscritos, que según el presidente de la República de Sudáfrica, Thabo Mbeki, ayudarán "a restaurar el respeto hacia sí mismos, el orgullo, el honor y la dignidad de los pueblos de África".

El pueblo de Tombuctú, cuyas universidades fueron atendidas por 25.000 eruditos en el siglo XVI, pero cuyo lánguido estilo de vida ha sido arrastrado por la modernidad, tiene similares esperanzas. Un proverbio local afirma que "las naciones antaño formaron una sola línea y Tombuctú estaba al frente; pero Dios le dio la vuelta, y Tombuctú se encontró entonces a la cola."

"Quizás algún día, Dios dé nuevamente la vuelta, para que Tombuctú pueda reencontrar u lugar justo".

Se exponen por vez primera en Johannesburgo los manuscritos del National Ahmed Baba Centre for Documentation and Research de Tombuctú (Malí), ciudad que antaño fue una importante encrucijada cultural que atrajo a eruditos de los más lejanos lugares del mundo africano y árabe.

Los documentos en la exposición incluyen una biografía del profeta Mahoma junto con tratados de música, astronomía, física y farmacia tradicional.

Hay más de 100.000 manuscritos conservados en cinco bibliotecas privadas o en poder de varias familias de Tombuctú. Solo algunos saben lo que contienen, pero tanto si conocen o no su contenido, los guardan celosamente como herencia de la familia.

Entre los textos hay contratos de compraventa de esclavos; del comercio del oro y de la sal; cartas y decretos que demuestran cómo los juristas musulmanes resolvían conflictos entre las familias y el Estado. Algunos de los manuscritos hablan de los derechos de las mujeres y de los niños.

La mayoría están escritos en árabe, aunque algunos utilizan la escritura árabe para transcribir las lenguas locales que no tenían alfabeto.

Muchos de los textos más antiguos datan del imperio de Songhay, un próspero reino que existió entre los siglos XV y XVI. Tombuctú, hace cinco o seis siglos, era una encrucijada importante para las caravanas del oro y de la sal que atravesaban el Sahara. El comercio de libros también prosperó y la mezquita Sankoré se convirtió en un centro de enseñanza, atrayendo a miles de estudiantes cada año. Algunos manuscritos dan testimonio de la presencia española en la curva del Níger. Las bibliotecas reúnen también manuscritos de Marruecos, Damasco y Egipto.

Ayudados por un clima generalmente árido, los habitantes de Tombuctú han conservado esta riqueza cultural durante siglos. Pero el tiempo está en su contra. El Sahara ha estado avanzando poco a poco hacia el sur y la arena está llenando las calles de la ciudad, contribuyendo al flooding en la breve estación de lluvias. El papel ácido y las tintas ferrosas introducidas en el siglo XIX se están quemando lentamente a través del contacto con otros manuscritos; y las termitas parecen estar por todas partes.

Entre la presión de la pobreza, una época de sequía y la rebelión de los tuareg en Malí que duró diez años, los manuscritos continúan desapareciendo en el mercado negro, donde se venden ilegalmente a colecciones privadas y a universidades de Europa y Estados Unidos.

Sin embargo, en el Timbuktu Heritage Institute los manuscritos están comenzando a ser catalogados, preservados y protegidos contra el hurto.

La ciudad de Tombuctú tiene hoy unas 60-80 colecciones privadas, la más grande de las cuáles es la biblioteca Mamma Haidara. Varias otras colecciones privadas fueron adquiridas por el National Ahmed Baba Centre for Documentation and Research, institución pública que ahora posee más de 18.000 manuscritos.

PUBLICADA LA PRIMERA TRADUCCIÓN DE UN MANUSCRITO DEL FONDO KATI DE TOMBUCTÚ

Los viajes de Mohamed Abana, un relato autobiográfico estremecedor del llamado "Patriarca de la Casa Vacía"

Han sido muchos años de espera, en ocasiones tensa. Hoy, es una realidad. El Fondo Kati comienza a estar al alcance del público gracias a la traducción y publicación de un conjunto de notas históricas que relatan la vida de Mohamed Abana, patriarca Quti del Siglo XIX responsable de la reunificación de la biblioteca familiar.

La Editorial Almuzara y la Fundación Mahmud Kati han coeditado esta apasionante narración que recoge la pericpecia vital de un hombre excepcional. Abana, todo un aventurero de su época, un buscador de la "verdad", recorrió gran parte de la Curva del Níger y el Desierto del Sahara antes de diluir su figura en los caminos de África: trataba de regresar a la tierra de sus abuelos, a Al-Andalus.

La traducción de estas notas históricas - obra de Ada Romero - esclarecerá la historia de la familia de los Banu al Quti y aportarán nuevos - y preciosos - datos sobre la historia de Al-Andalus. Ismael Diadié Haidara introduce el texto histórico, aportando las necesarias claves espacio- temporales para su correcta comprensión.

http://www.nueva-acropolis.es/Noticias/2007/00267.htm

http://entretenimiento.terra.com/islamistas-controlan-importante-centro-de-manuscritos-en-tombuctu,ec1f51450c9a6310VgnVCM4000009bcceb0aRCRD.html

Tombuctú2 [oficialmente, y en francés, Tombouctou] es una ciudad (apodada «la de los 333 santos») cercana al río Níger (a 7 km de distancia del río), en la región del mismo nombre, en la República de Malí. Con sus 35.657 habitantes es la localidad más poblada de la región y la decimotercera ciudad del país.1

Su situación geográfica hace de la ciudad un punto de encuentro entre África occidental y las poblaciones nómadas beréberes y los árabes del norte. Tiene una larga historia como puesto avanzado de comercio, e intersección de la ruta comercial transahariana de norte a sur.

Se hizo próspera por Mansa Musa, rey del Imperio de Malí quien se anexionó pacíficamente la ciudad en 1324.3 4 Es el hogar de la prestigiosa Universidad de Sankore y de otras madrazas, y fue capital intelectual y espiritual y centro para la propagación del islam en toda África durante los siglos XV y XVI. Sus tres grandes mezquitas, Djingareyber, Sankore y Sidi Yahya, recuerdan la edad de oro de Tombuctú. Aunque continuamente restaurados, estos monumentos están hoy bajo la amenaza de la desertificación, ya que la ciudad está principalmente hecha de barro.5 Según algunos estudios, Tombuctú ha tenido una de las primeras universidades del mundo.6 Estudiosos locales y coleccionistas todavía cuentan con una impresionante colección de antiguos textos griegos de aquella época,7 y en el siglo XIV fueron escritos y copiados importantes libros, estableciendo la ciudad como centro de una importante tradición escrita en África.8

Etimología

Existen varias teorías para intentar explicar el origen del nombre de la ciudad. Por un lado, se cree que se compone de la unión de tin, que significa «lugar» y buktu, que es el nombre de una vieja mujer maliense conocida por su honestidad y que vivió en la región. Los tuareg y otros viajeros confiaban a esta mujer todas sus pertenencias que no tenían uso en su viaje de regreso al norte. Así, cuando éstos volvían a casa y les preguntaban dónde había dejado sus pertenencias, estos respondían que las habían dejado en Tin Buktu, esto es «el lugar donde vive Buktu».

Para Abderrahamne es-Saadi la ciudad recibe ese nombre debido a que, en sus orígenes, algún bien fue custodiado por un esclavo llamado Buctú, que significa «de Essuk» (una localidad del norte de Malí, a menudo referida por historiadores árabes como Tadmakka). Por tanto, en bereber significaría «el lugar de Buctú».9 Otra teoría de René Basset propone que proviene del idioma bereber antiguo, en el que buqt significa «lejos», así que Tin-Buqt significaría «un lugar lejano», como lejana es una localidad en el desierto del Sahara. Para otros, como el explorador alemán del siglo XIX Heinrich Barth, la segunda parte del nombre proviene de la palabra árabe nekba, que significa «duna», significando por tanto «lugar de dunas» o «depresión entre las dunas».9

Historia

Orígenes

La ciudad fue fundada por los tuareg en torno al año 1100 por su proximidad al río Níger como un puesto de comercio, durante la dinastía Mandinga.10 11 Tombuctú era el punto de entrada al desierto del Sahara en la ruta transahariana de norte a sur; aquí se reunían los camelleros tuareg, quienes comerciaban con la sal que traían del Mediterráneo y la intercambiaban por oro, fruta y pescado con las tribus negras que poseían dichos bienes en abundancia. La procedencia del oro con el que comerciaban estas tribus era desconocida, y sumado al hecho que no se permitía la entrada a la ciudad a los no musulmanes, originó las más diversas leyendas sobre la ciudad. Un antiguo proverbio de Malí decía:

«El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Timbuctú».

Provervio maliense

Durante el siglo XIV se construyó la muralla actual y la primera mezquita. Tuvo su mayor esplendor durante el reinado de los Askia (1493-1591), con más de 100.000 habitantes de diversas etnias: bereberes, árabes, mauritanos, bambas y tuareg. Los habitantes estaban organizados en barriadas, donde se agrupaban, pero manteniendo activa la ciudad mediante el comercio.

Pero Tombuctú también fue famosa por su cultura, convirtiéndose en un centro de estudios islámicos, gracias a las diversas facultades de su universidad. Cuando la prohibición a los no musulmanes fue levantada, durante la época francesa, llegaron a su Universidad letrados y científicos de distintos lugares, españoles, egipcios, persas y de todo el Magreb.

Dominio del Imperio de Malí

En 1312, Mansa Musa se convirtió en el rey del Imperio de Malí, y fue él quien convirtió a Tombuctú en un importante centro comercial y en un gran centro de estudios islámicos. Entonces, el imperio controlaba gran parte de las rutas comerciales entre el oro del sur y la sal del norte; 12 años después se anexionó la ciudad y la potenció como punto de unión de estas rutas comerciales.11 Mansa Musa fue un devoto musulmán, interesado en expandir la influencia del islam. En sus primeros años como rey, envió a ciudadanos malienses a estudiar en las universidades marroquíes; al final de su reinado estos ciudadanos volvieron y establecieron sus propios centros de estudio en la ciudad.11 Como musulmán, ordenó la construcción de grandes mezquitas (entre ellas la mezquita de Djingareyber en Tombuctú, por el arquitecto granadino Abu Haq Es Saheli en 132612 ), bibliotecas y madrazas. Aunque el imperio malí perdió el control sobre la región en el siglo XV, la ciudad permaneció como el mayor centro islámico del áfrica subsahariana.11

Dominio del Imperio songhay

Si bien bajo el control de Mansa Musa la ciudad prosperó, la edad dorada de Tombuctú llegó bajo el dominio del Imperio songhay; la ciudad fue conquistada por las tropas enviadas por el rey Sonni Alí Ber en 1468. Pese a que era musulmán, no era muy popular, así que fue derrocado por Askia Mohamed, un devoto musulmán que utilizó a los estudiantes como asesores legales sobre cuestiones éticas. Bajo su reinado, la religión y el estudio ocuparon de nuevo un lugar principal en el imperio Songhay.11 Estudiantes de todo el mundo islámico acudieron a la Universidad de Sankore (una de las primeras de África) y a las 180 madrazas con las que contaba la ciudad, donde se enseñaba teología, ley islámica y literatura. Unos 25.000 alumnos estudiaron un riguroso programa académico.11

Dominio marroquí

En 1591, tropas mandadas por el sultán de Marruecos conquistaron la ciudad y otras poblaciones de la zona. La expedición estaba formada en gran medida por moriscos, al mando de los cuales se encontraba un morisco castellano conocido como Yuder Pachá; la mayor parte de estos soldados se quedaron en Tombuctú y se fundieron con la población local.13 El dominio marroquí duró casi doscientos años, al cabo de los cuales los sultanes perdieron interés por la ciudad dado que no habían llegado a controlar las minas de oro y que resultaba demasiado caro mantener el poder nominal sobre la misma y sobre la región en general.

Dominio francés

Durante siglos la entrada a la ciudad estuvo vedada a no musulmanes. El primer europeo que entró en la ciudad fue León el Africano, un musulmán granadino que estuvo en ella en la primera mitad del siglo XVI acompañando a su tío en un viaje diplomático. El primer europeo no musulmán en entrar en Timbuctú fue el explorador escocés Alexander Gordon Laing, que salió de Trípoli en febrero de 1825 con la intención de estudiar la cuenca del río Níger. Llegó a Timbuctú en agosto de 1826 y fue obligado a marchar pocas semanas después, aunque no llegó muy lejos, pues fue asesinado en el desierto. Poco después, en 1827, visitó la ciudad el francés René Caillié, que llegó navegando por el río Níger disfrazado de musulmán. Permaneció en ella dos semanas, tomando notas que luego publicaría en su libro «Journal d'un voyage à Tombouctou» («Diario de un viaje a Timbuctú»), en el año 1830, de vuelta ya en Francia. Se convirtió así en el primer europeo en volver de Timbuctú para contarlo, aunque falleció pocos años después debido a una enfermedad contraída en África. Años antes había estado el marinero francés Paul Jubert, quien llegó a la ciudad tras sufrir un naufragio frente a las costas de Marruecos y Senegal, siendo hecho prisionero y conducido a Timbuctú, donde fue vendido como esclavo; nunca recuperó su libertad y falleció al cabo de algunos años en Marruecos como cautivo. En 1893 la ciudad cae bajo la dominación colonial francesa, no sin la resistencia de los Tuareg, que sufrieron grandes bajas. La ocupación francesa se mantuvo hasta 1960, cuando el Sudán francés se independizó con el nombre de Malí.

Actualidad

La ciudad de Tombuctú, pese a su historia, se enfrenta a diversos problemas de carácter natural y económico. En primer lugar, la situación de la ciudad, muy próxima al desierto, la convierte en objeto de fuertes tormentas de arena. Debido, también, a su proximidad al río Níger, Tombuctú sufre las crecidas del río que dejan a la ciudad completamente aislada. Cuando esto ocurre, tan sólo se puede acceder a ella o abandonarla por medio del transporte marítimo o cruzando el desierto.14

Por otro lado, el turismo siempre ha sido uno de los baluartes más importantes de la mítica ciudad. Sin embargo, hay pocos restos que reflejen la rica historia de Tombuctú, siendo la mezquita de Djingareyber una de las pocas atracciones históricas que permanecen en pie. Las guías turísticas apenas hacen hincapié en Tombuctú y eso se refleja en una pérdida considerable de turistas. Un anciano local de Tombuctú recuerda que «antes todo el mundo quería venir a Tombuctú, pero ahora ya no viene nadie. Sólo cuatro turistas. Y los pocos que vienen se largan enseguida. Buscan palacios, monumentos y murallas, y cuando no los ven creen que no hay nada que valga la pena».14 Para tratar de relanzar turísticamente la ciudad, el gobierno malí construyó un nuevo aeropuerto en la ciudad, inaugurado en 2006.14

En el contexto de la Rebelión Tuareg de 2012, el 1 de abril la ciudad cayó en manos del Movimiento Nacional de Liberación del Azawad, ya que las fueras militares de Malí se retiraron de ella prácticamente sin luchar.15 Durante los primeros días la situación ha sido de un enorme descontrol, incluyendo saqueos, sin saberse quién controla la ciudad.16 Tras la conquista tuareg de esta ciudad, desde algunas instituciones culturales internacionales se hicieron numerosos llamamientos para poner fin a esta situación y preservar los tesoros artísticos que se encuentran en esta ciudad.17

Geografía

La región ocupa una superficie de 496.611 km², un área similar a la de España.

La ciudad está situada en la zona norte del río Níger, justo donde éste más se acerca al desierto del Sáhara. Fue unida al río mediante canales que aún existen y funcionan. Se sirve por el puerto de Kabara, situado a 12 km al este.

Durante siglos la ciudad se ha visto amenazada por el avance de las dunas. Bajo la dirección de la Unesco se han llevado a cabo trabajos para estabilizarlas y preservar la ciudad de su avance.18

Clima

Timbuctú pertenece a la franja más septentrional del sahel y la más árida. Las precipitaciones anuales están en torno a un promedio de 160 mm y se concentran durante cuatro meses de verano en el momento del monzón. Agosto es el más lluvioso con un total de 63,5 mm, pero las lluvias son irregulares de un año a otro. En cuanto a las temperaturas, experimentan variaciones importantes a lo largo del día. En verano las temperaturas máximas sobrepasan los 40 °C mientras que en invierno las temperaturas mínimas descienden hasta los 15 °C e incluso algo menos. En estas condiciones la vegetación que existe es mínima y los cultivos son imposibles sin riego.

http://es.wikipedia.org/wiki/Tombuctú

http://fr.wikipedia.org/wiki/Tombouctou

http://www.cuartopoder.es/terramedia/la-guerra-llega-a-tombuctu-patrimonio-de-la-humanidad-y-centro-de-cultura-andalusi/3154

http://whc.unesco.org/fr/list/116/

http://www.outremer.co.uk/timbuktu.html

Vídeo:

Web recomendada: http://www.losviajesdeali.com/2012/02/tombuctu-un-sueno-hecho-realidad-i.html

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